En el grisáceo techo español sobrevuelan tiempos difíciles que no aventuran un buen final. Se debate ahora si es buena o no la cadena perpetua (algo que el espíritu de la transición ya se había encargado de borrar), acerca de añadir dos años más de tajo, lo que impediría jubilarse antes de los 67 años, o peor aún, que Cristiano Ronaldo haya sido sancionado.
Son temas actuales, incrustados de lleno en las agendas de los medios de comunicación, que convergen con un clima de insatisfacción generalizado que se ha apoderado de nuestro país. Y no es para menos.
Algunos seguimos de pie en las interminables y largas colas del paro esperando a que de una vez nos llegue una oportunidad laboral. Colas en las que, por cierto, recomiendo como paradigma inequívoco de ese sentimiento unánime repulsivo hacia la carencia de empleo. Como contraposición, otros, (los que sí curran) se lamentan ahora que de que van a tener que aguantar dos años más a su jefe antes de poder retirarse a casa a descansar. En efecto, no les quito ni un ápice de razón. Uno que ya está harto de currar y que ahora tenga que esperar hasta los 67 para liberarse de la prisión de la vida profesional.
Este el reflejo de dos Españas cuyos sentimientos solo tienen un punto de unión: el trabajo.
En cualquier caso, recomendaría a más de un dirigente nacional que, como si fuera un experto profesional del camuflaje, se vistiera con ropa deportiva, un par de zapatillas de deporte y una gorra, y acudiera a esa temida cola para escuchar lo que las verdaderas voces del pueblo (y no el distorsionado timbre de la encuestas) opinan acerca de ellos, y por supuesto, de su gestión. Y no me refiero solamente al hacer del partido que ocupa la mayoría de escaños del parlamento, sino a la anquilosada y testaruda oposición que, lejos de hacer críticas constructivas, lleva siete años llevando la contraria y promulgando demagogia barata con temas que, sin duda no les preocupa, porque para eso, ellos sí que son de esa parte de españoles privilegiados que cada día se levanta a las siete de la mañana para acudir a sus despachos.
Creo que ni la rosa ni la gaviota están a la altura de un país que los necesita más que nunca para sucumbir a la crisis: los dos ya piensan únicamente en las estrategias que han de seguir para seguir cabalgando encima del burro del poder. Y ese es el problema. Los demás, mientras tanto, a seguir esperando un guiño de la suerte.